Lino Calderón / Inversión Turística
Con la entrada en vigor de la Ley General de Economía Circular (LGEC) se redefine el papel del sector turístico dentro de la cadena de valor de los recursos utilizados en la prestación de los servicios. «Las empresas turísticas ya no son simples consumidoras finales de insumos; ahora son corresponsables del ciclo de vida de los productos y materiales que utilizan», consideró la Consultora Gemes.
Señaló que en este contexto se presentan medidas de aplicación general y específicas por subsector. El primer paso obligado es conocer la situación actual de la empresa respecto al uso de recursos. «Esto implica levantar un inventario de materiales, cuantificar las huellas de carbono e hídrica, mapear los flujos de residuos generados y evaluar la eficiencia energética de sus operaciones. Este diagnóstico sirve de línea base para establecer metas de circularidad y, en el mediano plazo, para acreditar el cumplimiento ante las autoridades competentes», explicó.
Además dijo, la LGEC exige una lógica de prevención en el origen, no solo de gestión de residuos al final del proceso. Las empresas deben revisar sus protocolos de compra, almacenamiento y servicio para eliminar el desperdicio desde su raíz. Ejemplos concretos incluyen la sustitución de artículos de un solo uso, la adopción de sistemas de recarga o refill, y la optimización de porciones y consumos en servicios de alimentos y bebidas, entre otras.
Aunque la REP fue diseñada originalmente para la industria, la LGEC prevé que los sectores de servicios, incluido el turístico, se alineen gradualmente a los acuerdos de REP de los productos que consumen masivamente: plásticos, envases, textiles, materiales de higiene y limpieza, equipos electrónicos, mobiliario y alimentos. Las empresas deberán demostrar mecanismos directos o indirectos de circularidad para cumplir con estas disposiciones, explicó en su reciente estudio.
Refirió que la Ley impulsa el encadenamiento sustentable. «Esto obliga a las empresas turísticas a revisar sus políticas de compras y contratos de suministro, priorizando proveedores que ofrezcan productos reutilizables, reparables o reciclables, materias primas secundarias y esquemas de logística inversa, así como eficienten los procesos de empaque y su reciclaje. La integración a cadenas de valorización de residuos locales también fortalecerá el impacto económico en las comunidades anfitrionas».
«Las empresas deben invertir en formación de su personal en los principios de la economía circular, iniciando con los más altos niveles de dirección, quienes deben liderar y conducir el esfuerzo, hasta los niveles operativos. El objetivo es crear una cultura de gestión circular que trascienda el cumplimiento normativo y se convierta en un diferenciador competitivo», puntualizó.
La entrada en vigor de la Ley General de Economía Circular (LGEC) redefine el papel del sector turístico dentro de la cadena de valor de los recursos utilizados en la prestación de los servicios. Las empresas turísticas ya no son simples consumidoras finales de insumos; ahora son corresponsables del ciclo de vida de los productos y materiales que utilizan.
Respecto al tema de la sostenibilidad remarcó que los viajeros, especialmente los provenientes de Europa y América del Norte (nuestros principales mercados), son cada vez más conscientes del impacto ambiental de sus desplazamientos. Los destinos que adopten prácticas circulares de forma sistemática y verificable estarán mejor posicionados para atraer a estos segmentos de mayor valor, acceder a programas de promoción internacional (como los de la OMT y la Unión Europea) y diferenciarse frente a competidores que no lleven a cabo la transición.
La circularidad a nivel destino implica superar la gestión atomizada de cada empresa para generar economías de escala en la gestión de residuos, el aprovisionamiento de energías renovables, el tratamiento y reciclaje de agua, y la integración de cadenas de valor circulares locales. Destinos como Los Cabos, Cancún, Puerto Vallarta o Mérida, entre otros, tienen la escala necesaria, por ejemplo, para implementar infraestructuras compartidas de circularidad (plantas de compostaje, centros de acopio y valorización, sistemas de reciclaje, redes de energía limpia) que ninguna empresa podría costear de forma individual.
Gemes indicó que la Ley General de Economía Circular marca un punto de inflexión para el turismo mexicano. Las empresas turísticas que comprendan y adopten tempranamente sus principios estarán mejor posicionadas para competir en un mercado global que premia la sostenibilidad, acceder a financiamiento e incentivos, y preservar los activos naturales y culturales que son la base de su oferta.
«Requiere de un Estado activo y coordinado: Secretarías de Turismo estatales que lideren la transformación sectorial, municipios que construyan la infraestructura y regulación necesarias, y un marco normativo secundario que dé certeza y apoyo a quienes emprendan la transición, así como la definición de incentivos fiscales para avanzar en la implementación de la economía circular».
«Pero los beneficios—económicos, reputacionales, sociales y ambientales—son suficientemente significativos para justificar la inversión de tiempo, recursos y voluntad política que la transición circular demanda. El turismo mexicano tiene la oportunidad de transformar un reto normativo en una ventaja competitiva de largo plazo. Sólo el tiempo dirá si lo logramos», concluyó.
